¡Ya basta!



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  • ¿Por qué queremos siempre más?

En un principio sólo queremos perder unos kilitos, pero conforme vamos adelgazando queremos perder más aunque al mirarnos al espejo observamos lo mucho que hemos perdido. Dominando nuestro cuerpo, tenemos la sensación de controlar mejor nuestras vidas. Ésta toma de poder es tan excitante que incita ciertas mujeres a proseguir en la dieta a pesar de estar ya lo suficientemente delgadas.

- Reforzar su autoestima. Claramente, ninguna mujer se infringe sacrificios sólo para llevar un traje ajustado de la talla 36. Cuando ya no hay justificaciones de salud, se adelgaza para gustarse, amar y ser amadas. La delgadez se ha vuelto referencia de la capacidad de cada uno a dominar su vida. Estar delgado es sentirse capaz de lograr lo que nos proponemos.

- Exprimir una angustia. La idea seria quitarse de encima unos kilos para poder quitarse a la vez unos problemas o disgustos. Una confusión mental muy corriente nos hace pensar que aligerando el cuerpo se aligera también el alma. Del mismo modo, focalizar su atención en el cuerpo nos permite no pensar en lo que duele realmente o lo que nos da miedo.

- Tener fe en el futuro. La mujer que desea adelgazar cada vez más piensa que su vida en todos sus aspectos - relaciones sociales, profesionales, afectivas - estará mejor cuando estará delgada. "Si pierdo un kilo más, estaré más guapa, se fijaran en mi, me sentiré más fuerte, conseguiré este trabajo y papa será muy orgulloso." Se mezclan creencias y deseos para justificar el porque hay que seguir con las restricciones.

- Gozar de la adicción. Las mujeres que adelgazan mucho tienen hambre, pero sienten que el cuerpo vibra más. Tienen deseos más intensos (como el de vivir, el sexual...) que cuando estaban comiendo lo suficiente. La febrilidad consecuente a la restricción calórica multiplica la intensidad de las emociones y de las sensaciones. Con el estomago vació una caricia parece más intensa.

  • La otra cara de la moneda

A largo plazo, esta lucha perpetúa contra si-mismo fragiliza emocionalmente, destroza la autoestima y puede incita a buscar cariño en la comida. Después de la restricción, hay un peligro importante en caer en la compulsión. Llega la frustración, la noción de esfuerzo, el hambre, estar a dieta se vuelve en un combate contra su propio organismo hay que rendirse.

Otro peligro asociado a la reducción calórica constante es encerarse en una obsesión. Durante horas estas victimas analizan etiquetas, se aseguran del respecto de la cadena del frío, comparan glúcidos, lípidos, se prohíben todo lo que contiene nitrato, OGM. Se acaba teniendo tantas reglas que sólo se puede comer solo. Se ve muy afectada la vida social y el equilibrio psicológico.

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